lunes, 14 de agosto de 2017

Decente

En Colombia es muy peligroso ser decente. Para donde uno mire los que medran, los que se multiplican son los indecentes, los del "todos contra todos" y el "sálvese quien pueda", los que atentan contra la vida y ofenden la memoria de los justos. La "gente de bien". Esos son los que suben más rápido la escalera y logran convencer con facilidad a otros de que el camino a seguir es el desprecio por los demás, sobre todo si parecen más débiles o no se ajustan a los parámetros de la competencia arreglada en la que vivimos.

Si el egoísmo es el precio del progreso, quizás no hemos entendido lo que significa avanzar. Si la solidaridad es cosa de perdedores, necesitamos perder más.

Los decentes, en cambio, escasean y además los aniquilan. Siempre ha sido más difícil seguir el camino de la justicia, la equidad y la compasión. Tal vez por eso es que vale la pena seguirlo. Por rebeldía, por amor, por esperanza, porque resignarse a la mezquindad es renunciar a la posibilidad de construir algo mejor, no perfecto, pero aunque sea un poco mejor. Seguir los pasos de los justos, aunque sea más complicado, es la única manera de cambiar la ruta que nos dirige hacia la desolación, esa que los indecentes, los criminales, los indignos y los ruines de este mundo nos quieren mostrar como la única buena, la verdadera, la exitosa.

Necesitamos más gente decente. La senda de la risa, la amabilidad, la colaboración, la de compartir y encontrar espacio para todos, la de la inteligencia que no se preocupa solo por sí misma y trata de imaginar un mañana menos oscuro, no es la más popular ni la más propicia para las ganancias, pero es la correcta.

Tal vez soy ingenuo. Creo que no me importa.

viernes, 4 de agosto de 2017

Dunkerque


Del cielo caen pedazos de papel sobre unos jóvenes soldados en un pueblo silencioso. "Los tenemos rodeados. Ríndanse. Sobrevivan", les dicen los volantes a esos hombres demacrados y perseguidos, antes de que el estruendo de las balas los haga correr por sus vidas.

En esa primera imagen de Dunkerque se condensa la angustiosa situación que vivieron los soldados ingleses y franceses en mayo de 1940, cuando las fuerzas de la Alemania nazi los arrinconaron contra el mar y estuvieron a punto de eliminarlos. En ese entonces Hitler parecía imparable y prácticamente toda Europa había caído en sus manos. Los ejércitos de Francia e Inglaterra nada pudieron contra la Blitzkrieg y se encontraban en una posición sumamente precaria, atrapados entre las huestes nazis y el agua salada.

La película de Christopher Nolan se centra en ese episodio de la guerra, en la operación para evacuar a los soldados atrapados en la playa. La historia muestra el angustiante deseo de supervivencia de los soldados, que los adentra en eso que Primo Levi llamó "la zona gris", donde no es tan fácil juzgar y diferenciar entre lo bueno y lo malo, el deber y la necesidad, el valor y la cobardía; y muestra, también, el heroísmo callado y anónimo de quienes solo buscan cumplir con su deber o son capaces de comprender el dolor y el miedo al que se enfrentan los demás.

A lo largo de la película se siente la presencia de los nazis, aunque no los veamos. Son una amenaza a la vez fantasmagórica y real, que se materializa cada vez que un avión dispara hacia las embarcaciones y el muelle o arroja sus bombas sobre ellos, cada vez que un torpedo hunde un barco lleno de gente o cuando se oyen las detonaciones de los cañones y las balas cada vez más cercanas. Esa presencia amenazante se hace más patente gracias a la espléndida banda sonora compuesta por Hans Zimmer, que no deja olvidar lo que está en juego y retumba mientras el cerco se cierra.

Aunque Dunkerque es la historia de una huida y una derrota, deja la sensación de que allí, en esa arena ensangrentada, se plantó la semilla de la victoria que vendría después (con la ayuda de los gringos y de los soviéticos, estos últimos casi siempre olvidados por el relato oficial de Occidente). Nolan da un golpe de efecto al terminar con un soldado leyendo en el periódico el discurso de Churchill en la Cámara de los Comunes, esas palabras que galvanizaron a los británicos y ayudaron a convencerlos de la posibilidad de la victoria.

Esta es una fuerte apuesta de Nolan para ser nominado al Oscar. Muy probablemente lo será.

***

P.D. Seguramente esto nunca pasó por la mente del director o del guionista de la película, pero luego de verla pensé en que el mundo de hoy está como esos soldados en Dunkerque: rodeado y a punto de ser aniquilado por el fascismo. Ojalá esta vez también seamos capaces de resistir frente a esa amenaza.


sábado, 22 de julio de 2017

Accidentes

Hay accidentes afortunados. Uno de esos es compartir nacionalidad con los deportistas que ha parido Colombia. Gracias a la vida por ellos, porque los necesita un país donde un expresidente vesánico acusa de violador de niños a un humorista por demás mediocre, y no se encuentra con el rechazo generalizado de la ciudadanía, sino que una horda de sicofantes justifica sus barbaridades y pasa al ataque y a la autovictimización ridícula y mentirosa. Los necesita un país donde capturan a un fiscal anticorrupción por corrupto y a un secretario de seguridad por hacer tratos con los criminales, una nación dirigida por líderes carentes de grandeza, incapaces de sacar lo mejor de los colombianos y empeñados en sacar lo peor. Un lugar donde intentar dejar de matarnos se ve como un problema y una afrenta a la decencia y a Dios. Donde una de las revistas más importantes saca una portada con los presidentes y expresidentes implicados en un enorme caso de corrupción, y no incluye al actual presidente de la república, untado también. Donde el asesinato de cientos de líderes sociales es una nota de pie de página.

Colombia, por fortuna, puede refugiarse por momentos en las maravillas de Nairo Quintana, Rigoberto Urán, Mariana Pajón, Caterine Ibargüen, Darwin Atapuma, Sofía Gómez, James Rodríguez, Falcao García, Jarlinson Pantano, Sergio Luis Henao, Juan Guillermo Cuadrado, Yuri Alvear, Yuberjén Martínez y tantos otros más.

Hay una grieta en todo y así es como entra la luz, cantaba Leonard Cohen. Aquí la grieta se ha hecho a punta de pedalazos, gambetas, saltos, inmersiones y puñetazos enguantados.

La patria es un azar, un accidente, y haber nacido en Colombia no es ningún privilegio. Pero por lo menos los tenemos a ellos.

El Espectador

martes, 27 de junio de 2017

Adiós a las armas



La que debería ser una celebración se vive más bien fríamente en un país dividido y escéptico, amenazado por las desilusiones de su historia, por una ultraderecha intransigente que se niega a la apertura de la democracia, por los incumplimientos de un Estado experto en defraudar la esperanza, por las disidencias de una guerrilla demasiado longeva, por los paramilitares nunca idos del todo, por el narcotráfico, la mentira, la avaricia y el robo.

Aun así, los hechos resuenan: hoy las FARC terminaron de entregar sus armas. Y aunque la fe en Colombia y su búsqueda de la paz quedó moribunda luego del dos de octubre del año pasado, es imposible no sentir una emoción llorosa ante la posibilidad de que termine la guerra contra las FARC, ante el sonido de las puertas y los candados cerrándose para contener las armas del conflicto, ante la oportunidad de terminar el sufrimiento y cambiar las armas por palabras.

Son muchos los problemas e inconvenientes que ha enfrentado y enfrentará el proceso de paz con las FARC. Ojalá de aquí en adelante los hechos puedan vencer a la tozudez de la desconfianza y la falta de esperanza. En momentos así queda recordar a Gramsci cuando instó al pesimismo de la inteligencia, pero al optimismo de la voluntad. Elijo también quedarme con una imagen de hoy, la de un guerrillero pasando a recoger el certificado de desarme con su bebé en los brazos: ahí veo un símbolo de futuro, del mañana posible si Colombia recorre el camino correcto, si las partes cumplen con lo pactado, si los colombianos no nos resignamos a ser una nación rabiosa.

Otra vez tenemos la oportunidad de ser un ejemplo. Ojalá no escojamos, otra vez, ser una vergüenza.

martes, 20 de junio de 2017

La verdad

Desde siempre los criminales, los embusteros y los bárbaros prejuiciosos han defendido sus fechorías y sus exabruptos afirmando sin sonrojarse que están diciendo la verdad. O la Verdad. El racista escupe sus insultos, dice que los negros no pueden trabajar juntos porque se agarran de las mechas, o que son perezosos y no rinden luego de las nueve de la mañana, o que un equipo de fútbol con muchos negros nunca va a ganar nada, y luego dice que eso no es racismo: es la verdad. El antisemita dice que los judíos son usureros y estafadores siempre en busca de atención, conspiradores internacionales para envenenar el alma de los pueblos, y luego dice que no es antisemita: es la verdad. El homofóbico dice que los homosexuales son depravados, violadores de niños y una aberración de la naturaleza, gente incapaz de construir relaciones duraderas de amor, y dice que eso no es homofobia, es la verdad. El misógino está convencido de ser humanista y dice que el feminismo es lo mismo que el machismo pero en versión femenina: esa es la verdad. El político corrupto afirma ser honesto y dice ser el salvador de la decencia y la moral del país.

Alejandro Ordóñez ha dicho que su campaña presidencial será "políticamente incorrecta". Traducción: voy a ser todo lo homofóbico, racista, fanático y mentiroso que pueda ser. No en vano afirmó estar de acuerdo en varios puntos con Donald Trump: la estrategia del engaño, la agresividad y la discriminación le funcionó perfectamente al Führer anaranjado. Ordóñez, esa mezcla de político artero y sacerdote inquisidor, quiere una campaña capaz de soliviantar a la hez de nuestra sociedad, a quienes sienten que la corrección política, ese enemigo de mentiras, como la "ideología de género", cohíbe su libertad para insultar, limita su "derecho" a ser misóginos, homofóbicos y racistas. Ordóñez anhela una teocracia fascista bajo su control para poder "defender la familia" y restaurar la fe y la moral supuestamente perdidas. No ha de ser Colombia un país de variados colores y múltiples voces, sino un lugar con la negrura de las sotanas y las marmóreas resonancias del latín, donde solo se oiga a quienes viven con júbilo las certezas discriminatorias de su fe amañada.

Preparémonos entonces para la estridencia del odio, para la campaña insana de un incinerador de libros cuya estrategia será cultivar el desprecio y alimentar el miedo. La mendacidad desbordada aparecerá con la máscara de la verdad, y lo hará para dividir al país y darle rienda suelta a quienes creen firmemente en la aniquilación del contrario. Vendrá Alejandro Ordóñez, alias Trumpquemada, a decirnos que él no es ningún líder autoritario y corrupto ni un fanático religioso, que Colombia lo necesita para defenderla de la izquierda, el ateísmo y la homosexualidad, de la depravación y la inmoralidad encarnados en la "ideología de género" y el proceso de paz. Vendrá a tratar de convencernos con su lengua sibilante de que él no discrimina a nadie y es un demócrata íntegro y será el presidente de todos los colombianos: esa es la verdad.