domingo, 21 de enero de 2018

Noches de Bocagrande



Para Isabel

Nunca había visto el mar.

Bueno, sí lo había visto: a diez mil metros de altura, cuando viajé a los Estados Unidos; lo intuí en el gris horizonte invernal del río Hudson.

Pero nunca había estado en la orilla con los pies sobre la arena. No había escuchado la música de su vaivén ni sentido la brisa que amaina al sol. Nunca había estado entre sus aguas imperiosas. No había experimentado el embelesamiento que produce mirarlo, esa sensación de plenitud, de concentración y, sobre todo, de pequeñez, de insignificancia, esa sensación que ayuda a comprender mejor la conexión íntima de los engranajes universales. No había constatado que el mar es poesía incluso cuando te revuelca una ola.

No pude dejar de mirarlo desde que me asomé por primera vez a la costa, en el taxi que me llevó del aeropuerto al hotel. Todas las mañanas lo primero que hacía era mirar por la ventana de la habitación, como hipnotizado, mientras las olas rompían en la playa.

Podría quedarme viéndolo toda la vida.

Y junto al mar, Cartagena, esa ciudad "iletrada pero jactanciosa", como dice Genoveva Alcocer en La tejedora de coronas. Una ciudad demasiado costosa y elitista que, sin embargo, se le mete a uno por los ojos y se le queda en el alma. Los balcones rebosantes de flores, las cúpulas, las estatuas, los monumentos, la impresión de que la historia no termina de pasar por sus calles, de que los fantasmas de sus siglos aún viven allí. El aire cargado de amor.

Porque Cartagena y el mar los conocí con ella, el amor de mi vida. Porque luego de mirar el mar la miraba a ella y sentía ganas de agradecer al cielo por la posibilidad de estar ahí. Porque las cosas importantes tienen más sentido cuando se pueden compartir con alguien que amas. Porque su sonrisa de niña me hace sonreír y me convence de que todo vale la pena. Allí, bajo el sol del Caribe, en sus noches cálidas, con el mar bordando luceros en el filo de la playa, fuimos profundamente felices.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Esta época del año

Me gusta esta época del año. Me gusta su pacto tácito para aumentar el consumo de alcohol. Me gusta que comemos más y aceptamos con estoicismo ejemplar el inevitable aumento de peso. Me gusta el espíritu de generosidad que se despierta y que parece recorrer las calles dejando su bondad en cada puerta. Me gusta cómo se multiplican los abrazos y la gente duda menos para decirle a los demás que los quiere. Me gusta el regreso de la música tropical con la que bailaban nuestros padres y nuestros abuelos. Me gustan la natilla y los buñuelos. Me gustan los buenos deseos y la esperanza, la creencia de que las cosas pueden estar mejor. Me gusta que creamos en la posibilidad de la felicidad y los nuevos comienzos.

domingo, 29 de octubre de 2017

Todas



Cientos, miles, millones de mujeres se atreven a contar en internet que han sido acosadas, abusadas, violentadas. "Yo también" es el grito contenido con el que denuncian un mundo en el que no están seguras, donde uno de sus primeros aprendizajes es el miedo.

Sin embargo, cientos, miles, millones de hombres, en lugar de sentirse afectados por las historias, de tratar siquiera de entender el dolor y la humillación presente en cada una de ellas, de mostrar la más mínima empatía, de preguntarse si no han participado en esa cultura canalla que disminuye a la mujer, reaccionan con desprecio y burla ante lo que ven como una queja sin sentido, ganas de joder, histeria. Aún peor, culpan a las mujeres por lo que les ha pasado. O, en el colmo de la ridiculez, se victimizan a sí mismos y no se sonrojan al afirmar que esta es una era contra los hombres, que el feminismo no es más que el reverso del machismo, una conjura contra el género masculino.

Hombres que le hacen a uno sentir vergüenza de ser hombre.

Más triste aún es el caso de las mujeres que atacan a las mujeres. "A mí nunca me han violado -dicen- porque no me visto como una prostituta". ¿Y las niñas violadas qué? ¿También ellas son culpables de su desgracia?

Ese es el mundo terrible en el que vivimos, uno donde es normal el acoso a las mujeres y la culpa es de ellas por una u otra razón.

Pero el grito sigue ahí y cada día será más difícil ignorarlo. Porque hay una cosa muy clara: no son una ni dos las que pueden decir "Yo también". Son todas.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Pastora



La gente más fuerte de este mundo no está metida en un gimnasio, desgañitándose con las máquinas y tomándose fotos para subir a internet con el anhelo de recolectar likes e inflar su ego lastimado. No está vanagloriándose porque hace crossfit, ni esculpiendo sus músculos para exhibirlos en un concurso, ni está levantando pesos inverosímiles en competencias espectaculares.

La gente más fuerte de este mundo ha vuelto del infierno. Ha visto a sus seres queridos desaparecer en el torbellino de la guerra, ser tragados por el remolino de la sangre. Ha visto de frente la peor cara de la humanidad. Ha sentido los peores dolores, esos que son más del alma que del cuerpo; ha experimentado sufrimientos tan profundos que las palabras difícilmente alcanzan para describirlos y ha llorado hasta secarse.

La gente más fuerte de este mundo ha empezado su vida una y otra vez en distintos sitios, huyendo siempre de la guerra con la esperanza de resurgir en un lugar nuevo. Ha visto a la violencia llevarse a sus padres, sus esposos, sus hijos. Ha buscado sus restos por años, perdidos en la inmensidad de una tierra regada con lágrimas y sangre. Ha sostenido sus cadáveres, sus cuerpos despojados y rotos. Ha temblado en la oscuridad y anhelado la luz. Ha visto a los asesinos directo a los ojos.

La gente más fuerte de este mundo ha pasado por lo inimaginable.

Como Pastora Mira, ha visto a su familia destrozada, ha vivido cada uno de los días de su vida bajo la sombra del conflicto, en la zozobra de la pérdida y el miedo, y aún así es capaz de pararse en una tarima a decirnos que el odio no nos va a llevar a ningún lado y la venganza no va a reparar ningún mal, ningún daño. A pesar de tener todas las razones del mundo para abogar por la retaliación, apoyan un proceso de diálogo y nos hablan de perdón, de reconciliación, de hablar y encontrarnos todos para evitar que la tragedia se repita una y otra vez, para que nadie nunca más tenga que ver a su padre asesinado, o a su hijo, o tener que buscar durante años a una hija desaparecida para encontrar solo unos huesos. Con una voz trajinada pero decidida nos llaman a seguir el camino de la paz, a evitar a toda costa que la venganza nos arrastre de nuevo al abismo.

La gente más fuerte de este mundo ha sido capaz de perdonar lo imperdonable, ha tenido un valor que quién sabe si alguno de nosotros tendríamos (y ojalá nunca tengamos que averiguarlo). Como Pastora Mira, ha tenido la valentía de ser compasiva incluso con quienes le han hecho el peor de los daños. Ese coraje, esa compasión, ese mirar hacia el futuro para dejar el dolor atrás, el trabajo para que nadie más sepa nunca lo que ellos sintieron, los convierte en la gente más admirable y necesaria del mundo.

Son gente capaz de dirigirse a nosotros desde la sabiduría terrible que da el sufrimiento para decirnos que la respuesta no está en la violencia. La respuesta, nos dicen, es el amor.

Si Dios existe, es eso.

Eso.




miércoles, 6 de septiembre de 2017

Papacho



Yo no sé qué pensar del papa Francisco.

Porque a veces de verdad parece un líder bueno, que puede ser inspirador y llevar a los católicos por una senda de compasión y misericordia. Pero entonces uno recuerda que es la cabeza de una institución rancia y anquilosada que no puede ser cambiada por un solo hombre. Una institución que ha encubierto los peores crímenes, ha apoyado dictaduras y mirado hacia otro lado cuando los perpetradores de atrocidades profesan la fe católica.

A veces de verdad parece que el papa Francisco, el Papacho, es el primer síntoma de un cambio profundo en la Iglesia Católica, de una apertura y una aceptación de los nuevos tiempos, de una actitud nueva hacia las mujeres o los homosexuales. Pero luego uno ve que la mayoría de sacerdotes siguen siendo intransigentes y energúmenos, que abrazan la corrupción, la mentira y la hipocresía mientras ven la paja en el ojo ajeno y siguen condenando al infierno a quienes no se ajustan a su moral caduca y discriminadora.

El Papacho tiene gestos de austeridad y de rechazo hacia el fasto y el derroche de la Iglesia, y parece que puede llevarla por una senda de humildad que le permita recordar su misión de ayuda a los pobres, a los olvidados, a quienes sufren lo indecible en una sociedad egoísta, ensimismada con el lujo y el consumo. Pero luego uno recuerda que hay cardenales con apartamentos descomunales, que el Banco Vaticano a menudo se ve envuelto en movimientos financieros de talante mafioso y que una de sus visitas cuesta una cantidad inverosímil de plata.

Habla el Papacho y de verdad parece que quiere cambiar a la Iglesia, pero luego uno se pregunta si no es nada más que una gran y brillante operación de relaciones públicas, un lavado de cara, un que cambie todo para que todo siga igual.

Yo no sé qué pensar, y solo el futuro nos dirá si el Papacho de verdad comenzó un cambio. Pero una cosa sí sé: si su visita a Colombia de verdad puede servir para que la gente replantee su actitud odiosa, si puede ayudar a darle legitimidad al proceso de paz, a que más gente vea con buenos ojos el hecho impresionante de haber podido convencer a las FARC de abandonar las armas y hacer política, si sus palabras de verdad pueden abrir la puerta para la reconciliación que tanto necesitamos, pues bienvenida sea.