martes, 27 de junio de 2017

Adiós a las armas



La que debería ser una celebración se vive más bien fríamente en un país dividido y escéptico, amenazado por las desilusiones de su historia, por una ultraderecha intransigente que se niega a la apertura de la democracia, por los incumplimientos de un Estado experto en defraudar la esperanza, por las disidencias de una guerrilla demasiado longeva, por los paramilitares nunca idos del todo, por el narcotráfico, la mentira, la avaricia y el robo.

Aun así, los hechos resuenan: hoy las FARC terminaron de entregar sus armas. Y aunque la fe en Colombia y su búsqueda de la paz quedó moribunda luego del dos de octubre del año pasado, es imposible no sentir una emoción llorosa ante la posibilidad de que termine la guerra contra las FARC, ante el sonido de las puertas y los candados cerrándose para contener las armas del conflicto, ante la oportunidad de terminar el sufrimiento y cambiar las armas por palabras.

Son muchos los problemas e inconvenientes que ha enfrentado y enfrentará el proceso de paz con las FARC. Ojalá de aquí en adelante los hechos puedan vencer a la tozudez de la desconfianza y la falta de esperanza. En momentos así queda recordar a Gramsci cuando instó al pesimismo de la inteligencia, pero al optimismo de la voluntad. Elijo también quedarme con una imagen de hoy, la de un guerrillero pasando a recoger el certificado de desarme con su bebé en los brazos: ahí veo un símbolo de futuro, del mañana posible si Colombia recorre el camino correcto, si las partes cumplen con lo pactado, si los colombianos no nos resignamos a ser una nación rabiosa.

Otra vez tenemos la oportunidad de ser un ejemplo. Ojalá no escojamos, otra vez, ser una vergüenza.

martes, 20 de junio de 2017

La verdad

Desde siempre los criminales, los embusteros y los bárbaros prejuiciosos han defendido sus fechorías y sus exabruptos afirmando sin sonrojarse que están diciendo la verdad. O la Verdad. El racista escupe sus insultos, dice que los negros no pueden trabajar juntos porque se agarran de las mechas, o que son perezosos y no rinden luego de las nueve de la mañana, o que un equipo de fútbol con muchos negros nunca va a ganar nada, y luego dice que eso no es racismo: es la verdad. El antisemita dice que los judíos son usureros y estafadores siempre en busca de atención, conspiradores internacionales para envenenar el alma de los pueblos, y luego dice que no es antisemita: es la verdad. El homofóbico dice que los homosexuales son depravados, violadores de niños y una aberración de la naturaleza, gente incapaz de construir relaciones duraderas de amor, y dice que eso no es homofobia, es la verdad. El misógino está convencido de ser humanista y dice que el feminismo es lo mismo que el machismo pero en versión femenina: esa es la verdad. El político corrupto afirma ser honesto y dice ser el salvador de la decencia y la moral del país.

Alejandro Ordóñez ha dicho que su campaña presidencial será "políticamente incorrecta". Traducción: voy a ser todo lo homofóbico, racista, fanático y mentiroso que pueda ser. No en vano afirmó estar de acuerdo en varios puntos con Donald Trump: la estrategia del engaño, la agresividad y la discriminación le funcionó perfectamente al Führer anaranjado. Ordóñez, esa mezcla de político artero y sacerdote inquisidor, quiere una campaña capaz de soliviantar a la hez de nuestra sociedad, a quienes sienten que la corrección política, ese enemigo de mentiras, como la "ideología de género", cohíbe su libertad para insultar, limita su "derecho" a ser misóginos, homofóbicos y racistas. Ordóñez anhela una teocracia fascista bajo su control para poder "defender la familia" y restaurar la fe y la moral supuestamente perdidas. No ha de ser Colombia un país de variados colores y múltiples voces, sino un lugar con la negrura de las sotanas y las marmóreas resonancias del latín, donde solo se oiga a quienes viven con júbilo las certezas discriminatorias de su fe amañada.

Preparémonos entonces para la estridencia del odio, para la campaña insana de un incinerador de libros cuya estrategia será cultivar el desprecio y alimentar el miedo. La mendacidad desbordada aparecerá con la máscara de la verdad, y lo hará para dividir al país y darle rienda suelta a quienes creen firmemente en la aniquilación del contrario. Vendrá Alejandro Ordóñez, alias Trumpquemada, a decirnos que él no es ningún líder autoritario y corrupto ni un fanático religioso, que Colombia lo necesita para defenderla de la izquierda, el ateísmo y la homosexualidad, de la depravación y la inmoralidad encarnados en la "ideología de género" y el proceso de paz. Vendrá a tratar de convencernos con su lengua sibilante de que él no discrimina a nadie y es un demócrata íntegro y será el presidente de todos los colombianos: esa es la verdad.


lunes, 12 de junio de 2017

Castrochavismo

Como un eslogan con un éxito que envidiaría cualquier publicista, el término 'castrochavismo' ha hecho carrera y ha triunfado en el escenario político colombiano. Como el 'judeobolchevismo', acuñado hace tiempo por gente de ideas parecidas y métodos similares, este concepto nacido de la mentira y el odio, de la búsqueda de enemigos rentables y la exageración de los peligros inminentes, ha logrado llevar cada vez más gente a la orilla de la ultraderecha, a la vesania de negarse a la posibilidad de una paz negociada, al cortejo de las armas como solución política e histórica.

El desastre del socialismo del siglo XXI en Venezuela le permitió a la derecha colombiana sacarse de la manga el castrochavismo. Pudieron conjurar ese espectro para azuzar los viejos temores de los colombianos. A los niños se les asusta con el Coco, a los adultos con el Cocomunismo. Con la sagacidad de los oportunistas, le pusieron nombres propios (Castro, Chávez) al fantasma. El odioso embuste ha funcionado, tanto como para dividir al país y poner a buena parte de su población en contra de la paz. Tanto como para ser relevante de nuevo en las próximas elecciones. Como para ver a las reses implorando por un gobierno de los matarifes.

Un fantasma recorre a Colombia. Uno cuyas posibilidades de llegar al gobierno van de mínimas a inexistentes, pero que aun así le sirve a los nostálgicos de la Guerra Fría para despertar el miedo que los nutre y soliviantar a quienes sueñan con combatir en una cruzada, en la guerra santa contra el castrochavismo, ese hijo caribeño del comunismo. Gracias a eso cada vez más gente cree que vamos a terminar como Venezuela. Esa ingenuidad alimenta a los perros de la guerra, los potencia, los eleva, los hace aparecer como una esperanza a los ojos de millones de colombianos preocupados por las incertidumbres del mañana.

El fascismo sonríe al ver cómo funciona su estrategia. Nos tragamos sus patrañas y de su mano desfilamos hacia el matadero, atrapados en su estafa, confinados en la ruta de nuestra propia destrucción.

sábado, 27 de mayo de 2017

Beber

Hay una escena muy familiar para nosotros los que tomamos, esa cuando alguien entra y los amigos y amigas se paran de la mesa emocionados al verlo, lo saludan y lo abrazan. Puede que llevaran mucho tiempo sin verlo, o simplemente lo estaban esperando. No importa. Es un bonito momento de amistad y camaradería, de felicidad etílica. Es el preludio de la comunión que se establece alrededor de la mesa y del alcohol, esa mesa de cualquier bar o café o tienda donde vamos a refugiarnos, donde nos acompañamos, donde las preocupaciones y las angustias del mundo externo y la cotidianidad quedan asordinadas por el tintineo de las botellas y el rumor de la conversación, el canto destemplado y las risas. Donde vamos a olvidarnos de la vida por un rato.

Podemos ir a celebrar y a reír, a pasar el tiempo, a olvidar por un momento el dolor y la tristeza, a buscar el valor en el fondo de los vasos o a ver el futuro en los ojos de la persona que amamos. Pero vamos a beber a esas mesas porque lo necesitamos, porque los refugios escasean, porque urge tomar impulso para seguir. Porque allí se crean recuerdos en medio del olvido, y el amor y la nostalgia necesitan un lugar para vivir. Porque las pausas son imprescindibles en medio de la carrera y no es el trabajo sino el ocio lo que dignifica al hombre.

Nos encontramos alrededor de las mesas para sostenernos, para no dejarnos caer. Porque es necesario seguir avanzando, así sea dando tumbos de borracho.

Café San Moritz

martes, 16 de mayo de 2017

Trizas

"Tan sólo el hospital da un auténtico testimonio de lo que es la guerra". Leí esto en Sin novedad en el frente, la novela de Erich Maria Remarque que transcurre en la Gran Guerra, y pensé en el Hospital Militar de Bogotá, ese lugar donde Dante podría haber encontrado inspiración. Allí llegaban los soldados heridos y destrozados en nuestra guerra de mierda, cientos de ellos al año. Pero el número descendió desde que empezó el cese bilateral al fuego con las FARC y luego con la firma del acuerdo de paz: en 2016 se atendieron 36 heridos, y este año comenzó con apenas un herido en combate internado allí. Cientos, miles de vidas salvadas gracias al proceso de paz.

Por eso no es posible sentir otra cosa distinta al miedo al ver la convención del Centro Democrático y lo que en ella se dijo. Se llevó a cabo en el auditorio de la Misión Carismática Internacional, y allí se ungió una vez más a un mesías nefasto con palabras desbordantes de idolatría vergonzosa. Uribe, siempre dispuesto a posar de hombre humilde, aplaudía sin pena a quienes lo llamaban presidente eterno y lo elevaban sobre todos nosotros, los pobres mortales. Lo alabaron varios, entre ellos una Paloma Valencia enardecida y abyecta y un Fernando Londoño arrogante y tenebroso.

En ese púlpito político Londoño dijo la que quizá sea la única verdad salida de su boca en décadas: el Centro Democrático es un partido de derecha. Algo sabido por todos, pero que profesionales del engaño como Uribe y pusilánimes taimados como Iván Duque insisten en negar con espejismos como llamarse de "extremo centro". Sin embargo, el Centro Democrático no es de centro ni es democrático, una obviedad que, no obstante, es necesario repetir. Su carácter fascista se hace cada vez más notorio. A la derecha de ellos queda la pared.

Dijo algo más Fernando Londoño, lo más impresionante y odioso: que si llegaban a la Presidencia, harían trizas el acuerdo de paz con las FARC. Esa es una declaración para ser temida, porque cuando ese señor hipócrita y macabro que es Londoño dice eso, es necesario recordar que no es papel lo que van a romper: son vidas humanas. Los soldados que ya no llegan rotos al Hospital Militar; los guerrilleros que decidieron dejar la guerra atrás; los campesinos que han vivido en el fuego cruzado; los defensores de derechos humanos que han intentado convertir este conflicto en algo menos sucio y feroz: todos ellos verán hechas trizas sus esperanzas, sus ilusiones. Sus vidas.

El Centro Democrático con su líder deificado, oscuro e indiscutible, sus políticos estigmatizadores, mendaces y agresivos, y sus hordas de mediocres en busca de un salvador vengativo que le dé rienda suelta a la violencia de palabra y obra de la masa devota del pensamiento único, quieren hundirnos en una fosa común que garantice su posesión de la tierra, la explotación de millones de colombianos, la negación de la verdad y el olvido de la expoliación, la injusticia y la muerte.

Quieren volver a llenar el Hospital Militar de gente hecha trizas.

HSB Noticias